miércoles, 30 de abril de 2008

Las Vegas (esp)




LAS VEGAS 1993

Prólogo:
Se nos invitó a escribir algo acerca del movimiento de veteranos, que es como nosotros les llamamos a los ex jugadores. La invitación nos planteaba escribir sobre algunas vivencias en viajes o competencias que nos hubieran dejado imborrables recuerdos en el corazón.
En este relato, queremos además homenajear a aquellos compañeros que, por distintas razones, hoy no están con nosotros.
El paso de los años ha sido severo para con algunos, ya sea por excesos en comidas y bebidas, o por simple sedentarismo. Los tobillos y las rodillas ya no responden como antaño.
Mientras que a otros los trastornos funcionales les obligaron a dejar la práctica activa.
Un amigo mío siempre me dice:
Si después de los 50 y al levantarte por las mañanas no te duele algo del cuerpo, es porque estás con Tata Dios tocando el arpa a su lado.
Para todos nosotros, entonces, es este relato. Espero lo disfruten.

Introducción: Uruguay
Me gustaría comenzar este relato haciendo una pequeña introducción para aquellos que nos conocen poco. Y luego para contar como fue que me uní al movimiento del maxibaloncesto.
Para quienes conocen poco del Uruguay, les comento que es un nombre de origen guaraní, (se tendría que escribir Uruguaí), y se ha traducido como ‘río de los pájaros pintados’.
El país está ubicado al oriente del Río Uruguay. De ahí su denominación. El río nace en el monte Igrexa (en Serra do Mar, territorio brasilero) y vierte sus aguas al Río de la Plata. Es nuestra frontera natural con la República Argentina.

El Básquetbol.
En Uruguay, durante la década del noventa, todavía se jugaba al básquetbol en primera división al aire libre. Hoy, si bien la segunda división exige tener gimnasios, no obliga a tener piso flotante. ¿Quiere presenciar algo inusual en el mundo? Los invito a disfrutar algún partido de nuestra tercera división. Quedan algunas canchas abiertas, y verá lo difícil que es jugar con frío y con viento.
No era placentero practicar en pleno invierno en canchas abiertas. Pero pienso que eso fue forjando la personalidad de nuestros deportistas. Somos porfiados como buenos gallegos, arremetedores como buenos vascos y de sangre caliente como buenos italianos. Tales fueron nuestras raíces.

Mi primer amor.
Les cuento ahora como fue que abracé la profesión de basquetbolista.
Con tan sólo nueve años, tuve la dicha de disfrutar la final de un Campeonato Invierno. Así se denominaba al campeonato de preparación que se disputaba antes del Torneo Federal.
El entorno colorido y bullicioso me marcó de por vida.
Fue un amor a primera vista. Amor furibundo por la naranja, ya que como buen uruguayo, siempre de niño jugaba al fútbol en mis ratos libres.
Con diez años, empecé a practicar en un club que quedaba a media cuadra de mi casa paterna: la Institución Atlética Larre Borges, nombre dado en homenaje a un pionero de la aviación uruguaya, Teniente General Tydeo Larre Borges.
A los diecisiete años, ascendí a la primera división de ese club que siempre anima los campeonatos de la segunda división del país.
Con veintitrés años, tuve la posibilidad de jugar en un equipo de la primera división: el Club Atenas, decano del básquetbol nacional.
Y ya en 1986, me uní al movimiento de maxibaloncesto y pude, finalmente, participar en mi primer campeonato de Veteranos.

Me integro a la Unión de Veteranos del Uruguay.
Gracias a las iniciativas del Sr. Julio César Sánchez Padilla y de un medio gráfico, La Mañana y El Diario, se habían empezado a organizar los campeonatos. Aquellos basquetbolistas que se retiraban de la alta competencia, podían seguir jugando ahora sin las presiones de las grandes ligas,
Hace más de veinte años que juego y no lo he dejado de hacer desde mi retiro de la alta competencia.
Los que no conocen el movimiento de la Unión de Veteranos podrán pensar que es un grupo de viejos que se juntan para domar un rato. Doma es un término utilizado en nuestra jerga basquetbolística para indicar un juego informal de cinco contra otros cinco, sin cronometrar el tiempo de juego y sin esquemas tácticos, juego que finaliza al alcanzarse una determinada puntuación prefijada de antemano. Se corre más de lo que se juega.
Pero los campeonatos locales de veteranos que tuve la suerte de disputar tienen orden y planificación.
Comienzan los viajes.
La anécdota.
Justo es decir que muchos de nosotros (y, en especial, me incluyo) pensamos que seguimos teniendo veinticinco años y pretendemos que nuestro cuerpo nos responda como antes.
Por eso jugamos al límite del cansancio y de las fuerzas.
Para los campeonatos locales, hacemos pocas prácticas, especialmente en esos días crudos del invierno.
Pero para los viajes a los campeonatos, nos entrenamos a conciencia durante tres o cuatro meses previos al mundial, buscando llegar en las mejores condiciones.
Si bien lo tomamos como algo lúdico, nuestra idiosincrasia nos lleva a querer ganar y no nos gusta que nos pinten la cara, expresión esta que usamos para definir cuando perdemos por más de veinte puntos.
La verdadera motivación es el viaje. Es la posibilidad de conocer países y ciudades que, de no ser por los campeonatos, seguro no las visitaríamos. Ese es, en el fondo, el motivo principal por el que nos entrenamos: para tener la posibilidad de viajar con amigos y de intercambiar vivencias.
Así que luego de participar en el mundial de Buenos Aires, se nos vino el año 1993 y, con ello, la posibilidad de conocer Las Vegas.
Quienes no conocíamos Las Vegas quedamos deslumbrados con ese mundo de luces y colores. Yo conocía otras ciudades a través del deporte, pero pienso que Las Vegas es un lugar espectacular: tiene glamour, tiene lujo, se puede uno codear con gente famosa, y se disfruta también la calidad de los shows.
Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue la actividad frenética dentro de los casinos que muchas veces nos hacía perder la noción del tiempo.
Reitero que para muchos de nosotros era nuestra primera escala en Las Vegas.
Cuando descendimos del avión que nos transportó desde Los Angeles, no pudimos apreciarla en su justa dimensión, porque llegamos en pleno día de verano y con un sol que calcinaba las calles.
Más tarde, tuvimos el placer de ver el despliegue de luces y colores de la ciudad.
Si bien teníamos reserva en otro hotel, el destino quiso que perdiéramos el asignado. Recalamos entonces en el Boardwalk Hotel.
Era un hotelito de cuarta, como decimos nosotros vulgarmente. Un hotel que, ubicado en cualquier ciudad de nuestro país, no pasaría inadvertido, para Las Vegas, era de 3 estrellas. Pero lo pasamos muy bien todos juntos.
Una de nuestras diversiones era ir conociendo uno a uno los principales hoteles. En ese ir y venir diario por la avenida principal, comúnmente llamada Strip, y cruzando varias avenidas, conocimos el Mirage, el Caesars Palace, el Flamingo´s, el Dunas, el Treasure Island y el Stardust, entre otros.
El MGM estaba en plena construcción.
Una de esas noches fue el turno del Excalibur. Es el castillo que recrea la época de la Edad Media; específicamente el tiempo de las Cruzadas del Rey Arturo y su corte de caballeros relucientes.
A las 21, bajamos al lobby a juntarnos con el resto para ir a cenar. Como nos quedaba relativamente cerca, llegamos en seguida.
Recuerdo que el puente de entrada al castillo nos llevaba al lobby, por un corredor hasta un cruce con otros pasillos. Y a través de dichos pasillos, accedíamos a los ascensores.
Ahí ya tuvimos el primer recibimiento. Estando en ese cruce, sin decidirnos adónde ir primero, la duda nos gastó una broma. Éramos muchos y nos costó bastante decidirnos, porque no es fácil que más de veinte personas se pongan de acuerdo.
Durante ese lapso, ninguno de nosotros le prestó atención a una armadura medieval recostada sobre una pared. Era del tipo de las que portaban los caballeros medioevales. En uno de sus brazos sostenía una lanza. Estaba montada sobre una pequeña tarima al lado de una puerta, y el hecho de estar por encima del nivel de la gente, le daba un aspecto imponente.
Al cabo de un tiempo, decidimos primero ir a cenar y luego a conocer el casino. Nos alejamos a tomar el ascensor, pero uno de nuestros compañeros se quedó dubitativo, como si no estuviera convencido de ese itinerario.
Nos habíamos alejado unos pasos cuando notamos su falta. Nos volvimos a llamarle.
En ese momento la armadura cobró vida. Alguien que personificaba a la estatua bajó de golpe el brazo hacia nuestro amigo. Ese movimiento, acompañado de un rugido (tipo UUUUUAAAAAAAHHHHHH) que emitió, logró su efecto. Nuestro amigo dio un salto hacia delante del susto que se pegó.
Salió disparado hacia nosotros al mismo tiempo que se daba vuelta agrediendo con palabras soeces al caballero que de tal parecía no tener nada. Nosotros, a la distancia, reíamos a más no poder al ver la reacción del bueno de Jorge.
Creo que las palabrotas le siguieron brotando por un buen rato. Imagínense los disparates que llegó a decir.


Relato 2
La cosa no quedó ahí, ya que, saliendo al corredor para tomar el ascensor para ir al restorán, recibimos la segunda sorpresa de la noche.
Seguíamos aún riendo de la broma cuando nos dispusimos a subir, pero había una fila de propios y extraños que también esperaban el mismo ascensor.
En los países civilizados hay que hacer una fila para todo y todos respetan. Nosotros no tenemos esa cultura, pero nos aprestamos a esperar el turno.
Al subir, nos dimos cuenta de que algunos de los nuestros habían quedado sin lugar por otros turistas que subieron. Así que, al llegar al primer piso y como el grupo de turistas se bajó, decidimos volver al lobby por el resto de los compañeros que habían quedado ahí.
Hago la aclaración de que era un ascensor grande, del tipo de carga, hermético y de puertas automáticas. Bien moderno. Y lo habíamos abarrotado de uruguayos dispuestos a ir a cenar. Algunos con físicos grandes, pesados, pasados en kilos.
Volviendo al relato, el ascensor que sube un piso. Luego, entre el primero y el segundo empieza a funcionar mal. Finalmente se detiene, pero nos habíamos quedado entre dos pisos.
Nuestra primera reacción fue dirigirnos al “conductor”, al que accionaba el panel. Se le pidió que no hiciera bromas y que reiniciara. Nos dijo que no había tocado nada, así que luego de volver a insistirle, llegamos a la conclusión de que el ascensor estaba fuera de servicio.
Por suerte, era de esos modernos con teléfono en la cabina. Así que uno del grupo y obviamente el que mejor hablaba el inglés, tomó el teléfono y se comunicó con la operadora.
Le contó que estábamos varados entre el primero y el segundo piso.
La chica inmediatamente se comunicó con mantenimiento y nos dijo que mantuviéramos la calma. Le dijimos que, por el momento, estábamos bien, pero que se apresurara porque la cabina era hermética y pensábamos que nos iba a faltar el aire.
A los pocos minutos, nos dijeron que ya venía el grupo de mantenimiento y otra vez que mantuviéramos la calma.
Pero los minutos pasaban, y el grupo se intranquilizaba. Dos de los nuestros comenzaron a ponerse nerviosos. Tampoco ayudaba el hecho de que estuviéramos todos muy apretados. El ascensor iba repleto, y en el recinto casi no teníamos movilidad.
No faltaron las bromas. Creo que hubo controles anónimos de próstata para con algunos. Pero con el correr de los minutos la cosa empezó a empeorar.
Dos compañeros se tuvieron que quitar las camisas porque les faltaba el aire. Otro empezó a sufrir la baja en sus niveles de azúcar.
Volvimos a contactarnos con la operadora que comunicó que seguían trabajando en el exterior.
El tiempo pasaba, pues iba ya más de media hora. Nos molestaba sobremanera el calor y el encierro.
Al rato, la operadora nos comunicó que la reparación mecanizada no funcionaba y que iban a traer más operadores para bajar el ascensor en forma manual.
Al llegar a la hora del percance, podíamos escuchar las voces de los operadores del lado exterior. Sentíamos ruidos de aparatos, pero nada de empezar a moverse.
A esa altura, habíamos dejado las bromas de lado. Los que se sentían mal estaban muy sensibles, y reinaba tal silencio que nos era posible escuchar las conversaciones del lado de afuera.
Unos 25 minutos más tarde, nos avisaron que lo iban a empezar a mover y que no nos asustáramos. El descenso fue lento y nos pareció eterno. En realidad no duró más de 5 minutos.
Finalmente, el ascensor se posó en la planta baja y lograron abrirlo.
Grande fue nuestra sorpresa ya que nos aguardaban dos equipos de paramédicos, los bomberos, una patrulla policial, más los guardias de seguridad del hotel y ejecutivos de gerencia.
Luego de los primeros auxilios, en tono amable llegaron los reproches: ¿cómo era que habíamos subido 18 en un ascensor con capacidad para 12 solamente?
En ningún rincón del ascensor aparecía impresa la capacidad que tenía. Sobre el panel aparecía una cifra expresada en pounds. Y si bien éramos conscientes de que no cabía un alfiler en el ascensor, sinceramente ninguno tuvo noción de cuántos kilos permitía el máximo.
De lo que sí estoy seguro es de que no estaba impresa la capacidad en cantidad de personas.
Nos defendimos con que ninguno de nosotros conocía la equivalencia entre el kilogramo y el pound. Y que lo lógico era que hubieran puesto también la equivalencia en kilos. De lo contrario, el número de personas, ya que eso era más fácil de entender.
Entonces, hicieron entrar a un guardia de seguridad del hotel, el que con una cámara Polaroid tomó instantáneas de la cabina y, en especial, de las inscripciones que había en las paredes del habitáculo.
Nosotros, a todo esto, seguíamos esperando que los paramédicos terminaran, para irnos a cenar.
Nuestro “delegado” Bernardo, seguía discutiendo con las autoridades del hotel. En un momento, pensé que nos iban a arrojar al foso de tan dura que estaba la negociación.
Pero se hizo el humo blanco y le dijeron que si nos comprometíamos a no presentar demanda alguna, en compensación nos invitaban a cenar.
Eso sí, redactaron el acuerdo de que no íbamos a reclamarles nada y luego de que Bernardo, en representación de los “damnificados”, lo firmara sellando el compromiso, nos entregaron los vouchers para el restorán.
Recuerdo que nos fuimos felices de haber conseguido la cena “free”.
Años después, Bernardo contó que un abogado de Las Vegas lo llamó para preguntarle si quería presentar demandas al hotel por aquel mal momento vivido. Se ofrecía a representarnos. Por supuesto les dijo que no.
Fue una buena experiencia de momentos vividos durante los viajes a los campeonatos. Espero les haya gustado.

Moraleja:
Cuando subas a un ascensor junto a tres o cuatro grandotes gorditos, mejor será que desciendas y esperes el próximo turno. Lo mejor sería que utilizaras las escaleras, que, de paso, es un muy buen ejercicio.
Oscar Morales López
Mención Concurso Premio Eduardo de Literatura 2007

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